Let the Children Play…

Dr Kelly Lewis-Cole

SIS Psychologist

The first time I saw the sprawling playground at Sotogrande International School, I assumed Helicopteros Sanitarios must land here every day.  Kids everywhere; cartwheeling, climbing and bombing around way too quickly to be safe.

I was wrong. What I witness here is not a daily reenactment of Waterloo but the most precious theatre of freedom, creativity and laughter imaginable.  And all of this is achieved in a place where the children, guided by their teachers, are key players in the ever-evolving design and construction of the playground.

In Jurassic Park, a corner where it’s okay to get dirty, I watch children dig in real earth, not sterilised play sand. They burrow away every playtime looking for elusive whiteness; a Velociraptor’s claw, a Neanderthal molar.

There’s a Bug Hotel, where the archaeologists carefully relocate creepy crawlies unearthed on their digs; a construction zone, where architects and builders collaborate to design bridges and skyscrapers with giant Jenga blocks and a centre stage where you can always be entertained by the next Beyoncé.

Best of all is the music wall; a long row of suspended pots and pans where making noise is not just okay, it’s obligatory.  Whenever I stand near it (not too near) I vow to install one in my office for adult therapy clients.  It’s a glorious cacophony of release and freedom.

Convinced by the media that the world is a dangerous place, 21st Century parents and playground designers are reluctant to let children loose.  But by making play structured, safe and sterile, we’re not only curbing our children’s fun but also their neural development!
Recent studies suggest that the kind of free play encouraged in the SIS playground produces neural growth in the pre-frontal cerebral cortex, leading to enhanced ‘executive’ thinking skills essential for social and academic success, which is why my playground duties here aren’t just the most entertaining but also the most fulfilling moments of my week.

 


 

 

Dejad que los niños jueguen…

La primera vez que vi el enorme patio del Colegio Internacional de Sotogrande, di por hecho que los Helicópteros Sanitarios tenían que aterrizar allí cada día. Había niños por todas partes: dando volteretas, escalando y lanzándose demasiado rápido para que fuera seguro.

Me equivocaba. Lo que veo aquí cada día no es una recreación de la batalla de Waterloo sino el más valioso ejemplo de libertad, creatividad y risa jamás imaginado. Y todo esto se logra en un lugar en el que los niños, guiados por sus profesores, son los protagonistas del diseño evolutivo y la construcción del patio de recreo.

En el Parque Jurásico, un rincón donde no pasa nada por mancharse, veo a los niños cavar en tierra de verdad, no arena de juego esterilizada. Cavan en cada recreo en busca de elusivos objetos blancos: una garra de Velociraptor y un molar de Neanderthal.

Hay un Hotel para bichos en el que los arqueólogos reubican con cuidado las criaturas reptantes que desentierran en las excavaciones; una zona de construcción en la que los arquitectos y los constructores colaboran para diseñar puentes y rascacielos con bloques gigantes de Jenga, y un escenario central en el que siempre puedes entretenerte con la futura Beyoncé.

Lo mejor de todo es la pared de la música: una larga fila de ollas y sartenes colgadas en las que no solo se puede hacer ruido, sino que se debe. Siempre que estoy al lado (sin acercarme demasiado), me digo que voy a instalar una en mi oficina para los clientes adultos de terapia. Es una gloriosa cacofonía de liberación y libertad.

Al estar convencidos por los medios de comunicación de que el mundo es un lugar peligroso, los padres y los diseñadores de patios de recreo del siglo XXI se niegan a dar libertad a sus hijos. Pero al hacer que jueguen en sitios estructurados, seguros y estériles, no solo frenamos su diversión sino también su desarrollo neuronal.
Estudios recientes sugieren que el tipo de juego libre que se fomenta en el patio del SIS produce un crecimiento neuronal en el córtex cerebral prefrontal, lo que conduce a unas habilidades de pensamiento “ejecutivo” mejoradas esenciales para el éxito social y académico. Ese es el motivo por el que mis tareas en el patio de recreo no solo son las más entretenidas de la semana sino también las más gratificantes.

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